ISSN: 2215-5538 Enero a Junio, 2021 Volumen 4, Número 1
HUELLAS TALENTOSAS
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Carlos Eduardo Nájera Coto
Pseudónimo: Kurt Fábregas
Universidad Técnica Nacional, Costa Rica
conajera@est.utn.ac.cr
Espléndidos caballos hacia el sur
En medio de la noche, varios jinetes corrían hacia el sur. Con antorcha en mano
no había tiempo que perder. Como grandes ojos ardiendo en fuego
atravesaban las antorchas llanuras y montañas. Esplendidos caballos iluminados
bajo el resplandor de todas las antorchas avanzaban desde Guatemala. Camino
tras camino, pantano tras pantano, sol y lluvia y viento y selva, así era.
Padre estaba bajo la sombra de un árbol antes de seguir con su trabajo. Miraba
hacia donde estaba el jardín. Dos días atrás, madre estaba ahí rodeada de
hierbas y si la mirada de sus ojos tuviese aroma olería como las hierbas
mentoladas de su jardín.
Ahora padre estaba clave y que clave una tabla sobre otra clavaba mi padre.
Las hendijas del cajón eran oscuras y en la oscuridad encerrada por las tablas
veía el rostro de mi madre, seco y frío como las tablas que la encerraban a ella.
Su mirada ya no olía como a las hierbas de su jardín. Olía como a las tablas, a
madera seca y desgajada por el hacha y el serrucho. Padre clavaba un clavo
sobre otro como si clavara el día y la noche en el cuerpo de mi madre para
protegerla del viento y del sol y del agua y de los zancudos y de las moscas y de
nuestras miradas, la de mi hermano y la mía.
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Una sobre otra y otra las tablas se acoplaban y los brazos de mi padre parecían
ser tablas, todo su cuerpo parecía querer envolver el cuerpo de mi madre en un
gran y extraño abrazo.
A ella la mató una serpiente que, con sigilo y furia, mordió la pierna de mi madre
mientras recogía los huevos de las gallinas que ponían en el monte. Mi hermano
y yo pateábamos las gallinas porque por ellas madre había muerto. Padre bebía
y bebía tarde tras tarde viéndonos trabajar, siempre pegada al pecho una
carabina desde la muerte de madre. Oyó en el pueblo que no iban a dar la
independencia, que tendrían que pelearla y qué iba a pelear él si estaba más
viejo que las tablas del rancho que teníamos por casa y que estaban por caerse.
Creo que tenía miedo de que peleásemos nosotros dos y que nos mataran
porque él quedaría solo y tendría que clavar dos cajones más y enterrarlos junto
al de madre en la cima en donde yacía el cementerio y tendría que ir día tras
día, solo y bajo el sol o la lluvia y a rezar frente a nuestras cruces hasta que un día
muriera de viejo, sepultado entre las tablas de su rancho que le caería encima
porque ya no tendría fuerzas para clavarlas de nuevo ni de clavar su propio
cajón.
Cada día padre estaba más pensativo, sentado siempre en el tronco que tenía
por silla. Su rifle en sus manos, sus pies descalzos, su mirada soñolienta, arrasada
por la vejez. Cada día más viejo y silencioso así estaba mi padre. “Pase lo que
pase, se van a vivir con su tía” “cualquier cosa se ocultan en los matorrales de la
montaña” decía mi padre y si mi vista no me engañaba, tenía sus desgastados
ojos negros, estaban rojos, casi que llorosos.
Nunca entendí para que pelear, yo siempre fui malo peleando hasta con otros y
llegaba con la cara partida. Yo no sabía que significaba la palabra
independencia.
Era una palabra larga que en los adultos evocaba cierto gesto de satisfacción.
A mis casi diecisiete años yo solo tenía cabeza para trabajar al campo, pescar
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en ríos, cazar de vez en cuando un conejo y llenar la mesa de comida, pues
padre no podía moverse como antes, estaba lerdo, cansado, casi sordo.
Una noche, soñé que visitaba el cajón de mi madre y que de su cajón puesto en
media sala salía un olor a hierbas entre las rendijas y mis ojos se asomaron y su
rostro ya no estaba y el cajón se movía y un sonido, varios sonidos de aleteos.
Una tabla se desprendió y de la noche encerrada en el cajón de mi madre
salieron zopilotes, torpes y aleteando buscaban la salida, alzaban vuelo y caían
y chocaban con las paredes y ventanas abriendo sus alas y nuevamente caían
y chocaban y sus ojos olían a hierbas frescas como los ojos de mi madre.
No si aquel sueño fue un mensaje, pero entonces sucedió. Padre con forme
avanzaban los días se volvía más y mucho más torpe para moverse y sus
recuerdos se escapaban de su cabeza y deliraba hablando sobre los pocos
recuerdos que le quedaban para que no se le escaparan del todo y quedar tan
vacío como el cascaron de un escarabajo muerto y consumido por las olas
negras de hormigas que recorrían la tierra de nuestro rancho.
Entonces y como les dije sucedió. Hacía sol cuando apareció el jinete montando
un espléndido caballo venido del sur. Traía consigo un saco de tela al hombro en
donde llevaba provisiones, una antorcha, sombrero de paja y una caja de
madera entre sus muslos en donde reposaba la noticia. Los otros jinetes que lo
escoltaban yacían a su lado.
Tire eso le dijo el jinete viendo a mi padre que se levantaba de su tronco
levantando por igual su arma. Los hombres avanzaban por el camino de tierra
muy lento, agotados.
¿Qué quiere? ¿de dónde viene?
Del Reino de Guatemala. Traemos noticias, nos dijeron que ya estamos cerca
de Cartago.
Padre asintió y apretó con fuerza su arma entre sus dedos.
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Que tire eso dijo el jinete no vale la pena andar armas hoy día, ya somos
independientes. España es historia.
Dicho esto, los jinetes emprendieron su viaje hasta el centro de Cartago.
Padre dejó caer la vieja carabina al suelo y, después, se sentó en el tronco de
madera relajando los hombros y cerrando los hombros y dejando entrever un
gesto de complacencia.
Mi padre nos miró, a mi hermano y a mí, y en todos estos meses de no hacerlo,
nos sonrió. Fue una sonrisa relajada, libre de tensión, sincera. Recuerdo que
respiró el aire fresco de la tarde y que se dijo para mismo “independientes”
varias veces viendo hacia el cielo, que aquel día estaba muy azul.
Y qué extraña resultaba la palabra esa pero que tranquilos nos hizo sentirnos a los
tres aquel mismo día. Al fin era nuestra y no solo la palabra, sino todo lo que ella
significaba. Mi padre murió después, antes de que hicieran oficial el acta traída
por el jinete ante el pueblo, sin saber, ahora enterrado en lo alto de la solitaria
cima del cementerio junto a mi madre, que él había sido uno de los primeros en
saberlo.